martes, 28 de abril de 2009

¡Qué cuento que es escribir un cuento!

¡Hola de nuevo! hace muchísimo tiempo no paso por acá, y es bueno tener algo de inspiracion combinada con algo de tiempo (no hay tiempo para buena ortografia, pero si para escribir). Aqui les dejo un "cuento" de mi autoria.


Tareas, tareas y trabajos. Nunca me gustó hacerlos, y no creo que nunca lo haga; siempre me he medido por una máxima inventada por mí en un alarde de creatividad: “la escuela y la oficina son para estudiar y trabajar, y la casa para descansar”. Tú, lector, si me conocieras, creerías que si todos los trabajos que me dejaran fueran para hacerse en el mismo momento y lugar en el que fueron encargados, mi rendimiento académico habría sido ejemplar, digno de reconocimientos y lugares privilegiados en murales de excelencia. Lamentablemente -sobre todo para mí-, no es así; las tareas y trabajos han sido mi continuo tormento desde que aprendí a leer y a escribir lo que ya sabía, y que no había necesidad de evaluar por escrito. Ahora te estarás preguntando: ¿Y a qué viene tanta queja y lamento, tanta biografía y detalle? Pues mi querido lector, habrás de saberlo a su debido tiempo.

Me siento frente a la máquina, pensando en qué escribir. Sé que debo escribir un cuento, y también sé que debo hacerlo rápido, ya que tengo una fecha que cumplir. Entonces, me dirijo a la biblioteca de caoba que está justo al alcance de mis dedos al hacer ciertas piruetas y acrobacias con la silla –sí, así de crónica es mi pereza, que ni levantarme a coger un libro me deja- y saco un grueso volumen que en su lomo empastado en cuero verde botella, mugre y otras sustancias que no identifico, pero en letras doradas que serán lo único que ha conservado su tono original dice: “Enciclopedia Asturiana, Tomo 5, C-D”. Acto seguido, me dirijo a la palabra “Cuento”, como si de alguna manera una definición fuera a darme idea de lo que se supone que tengo que escribir, y una musa viniera de aquellas paginas polvorientas y con olor a viejo, llenándome de su inspiración arcaica.

Después de ver la definición, lo cual era algo bastante obvio para cualquiera que hubiera leído un cuento antes, decidí enfocarme en las clasificaciones que tenía el término. Leo, “Ciencia-Ficción”, y lo primero que viene a la mente son extraterrestres de largos tentáculos esclavizando a la raza humana al mejor estilo de H.G. Wells; puede que tenga una imaginación algo activa, pero realmente no quiero maquinar la destrucción de la humanidad por una raza alienígena, creo que eso me convertiría en cómplice. El siguiente género era: “Cuento de Hadas”, no quisiera entrar en argumentos reforzados con cierto tinte de odio hacia tales cuentos, así que diré que no estoy de humor para escribir uno. Por ultimo, hay una categoría que sí me llama la atención: “Cuento Policial”.

Es interesante ver cómo al internarse en una fantasía, el mundo se vuelve borroso a medida que se añaden detalles a la ficción. De repente me veo inmerso en una película de cine negro, envuelto en una gabardina y quitándole la nieve a mi sombrero mientras observo una escena de crimen; a juzgar por mi indumentaria soy un detective, así que empiezo a escudriñar cada rincón de la habitación en busca de pistas. Encuentro lo usual –no tengo la menor idea de lo que hago aquí, pero me es familiar-, una botella de whisky, informes de acciones por el suelo –literal y figuradamente- sangre en la pared, una silla, y por ultimo un revólver Smith & Wesson sin balas. Yo, semiconsciente, deduzco que el caso aparentemente era un suicidio causado por la Gran Depresión, la no tan grande pero importante depresión personal del occiso, unos tragos de más, y sobre todo la mala suerte al jugar Ruleta Rusa. Sin embargo, hay un minúsculo detalle que complica el caso: no hay cuerpo.

Como ya te dije mi estimado lector, soy un perezoso incurable. Así que te evito y me evito también a mí todas las tediosas labores de papeleo, dejándoselas al detective al que estoy encarnando en mi fantasía, y me veo directamente en cierta clase de acción que puede que no te guste, pero que, si me permito decirlo, me hace sentir bastante cómodo: entrevisto a una escasamente vestida dama en un camerino del teatro Broadway. Sobra decir que era una bailarina, y que yo me encontraba en la Nueva York de principios de los 30. Aquella dama resulta tener una relación muy cercana a la víctima: era su hermana. Ella asegura que su hermano se había ganado poderosos enemigos en los bajos fondos, y que dudaba que fuera un suicidio. Tratando de observar sólo su rostro y sin ruborizarme mucho por su colorida y reducida indumentaria, le pido una lista de esos supuestos enemigos y me retiro pensando que debería ir al teatro más seguido, por cultura, por supuesto. Al revisar los nombres de los sospechosos de este caso, salta a la vista el nombre de un reconocido genio criminal que disfruta de los juegos de acertijos y sobre todo, de involucrar a la policía en ellos.

De nuevo te evito los soporíferos detalles y me veo amarrado a la viga de un almacén en el puerto. Hay dos truhanes golpeándome como si trataran de hacerme sacar el escaso almuerzo que tomé por los poros de ser necesario; y de repente una escena aterradora se alza frente a mí: un bloque de hielo contiene a la víctima, la cual reconocí fácilmente al ver su impresionante parecido con aquella dama que decía ser su hermana, y por la característica marca de un orificio de bala en su frente. Y junto a él, veo a un joven rubio y delgado, vestido con un traje notoriamente costoso y con una risa que delataba su carácter maligno. Me felicita por llegar tan lejos en un caso de aparente suicidio, convertido en un homicidio sin cadáver. La fantasía ha dejado de ser placentera hace un buen rato ya.

Sabes, apreciado lector, no quisiera extenderme en narraciones extraordinarias de cómo logré soltarme de mis ataduras y con mis ultimas fuerzas antes de caer desmayado por la perdida de sangre causada por las heridas de bala que me inflingió aquél sicópata, pude llamar refuerzos y salvar el día una vez más; o, por otro lado, decidir terminar mi fantasía con un final heroico donde muero y los malos se salen con la suya, pero gracias a mi sacrificio se logra llegar a una conciencia colectiva y a la desmembración de todas estas bandas criminales gracias a la acción de un departamento de policía avivado por la caída de un compañero. Para eso puedes ir al cine con tu novio o novia, para que al final de la película, puedas abrazarla con la certeza de que el bien siempre ganará. A lo mejor, gastes menos tiempo y energía haciéndolo. Pero, sabes, aunque nunca me hayan gustado las tareas, se me da muy bien hacerlas. Y en este mismo momento estás leyendo una de ellas; así que, te agradezco lector, y espero que hayas disfrutado tanto esta historia como yo detesto hacerlas por encargo.

1 comentario:

  1. Espectacular. Tu mejor post hasta la fecha. Definitivamente me identifico con tu personaje. Siempre he odiado las tareas, aunque si me dedico a ellas salga algo productivo de eso. Es la clase de cuento que me gusta, interesante, sin detalle sin importancia y sencillo. Quiero en realidad pensar que el detective sobrevivió para seguir salvando el día todos los días...

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